miércoles, 20 de marzo de 2013

El décimo aniversario de la invasión de Iraq y la guerra injusta.


Hace diez años, el inicio de la agresión angloamericana a Iraq fue un momento oportuno para recordar las enseñanzas cristianas sobre la guerra justa.  Sobre todo porque las autoridades políticas de aquel entonces metieron vergonzosamente a España en la guerra, en contra del clamor popular (sin que el mismo sea determinante en modo alguno sobre la legitimidad de la guerra, simplemente destacamos este hecho para demostrar una vez más la hipocresía y la absoluta falta de verdadera representatividad de los gobiernos sedicentemente democráticos). Con independencia del contexto político de la región no se daban ninguna de las razones que justificaran la guerra.

Siguiendo las obras de Molina y Covarrubias (con el aporte nunca suficientemente considerado de Martín de Azpilicueta) cuando no medien las causas justificativas de la guerra la misma se opone tanto a la justicia como a la caridad, siendo necesario discernir la justificación en base a la justicia.  Así “deberá de demostrarse no sólo la gravedad de la violación sino que es el único medio para lograr reparación”. Asimismo se establece“ la necesidad de que exista proporcionalidad entre la gravedad de la causa y los males que se van a acarrear con la guerra”, Disaputatio XIII de Bello. Asimismo resulta más que discutible atribuir legitimidad a los gobiernos que declararon la guerra a Iraq, que sería la premisa para examinar la licitud de la guerra.

A diez años vista se pone de manifiesto una vez más la grandeza de la sabiduría cristiana. Además de no demostrarse la gravedad de la violación (las inexistentes armas de destrucción masiva que sí que poseen países como Israel o Corea del Norte sin que nadie les moleste), ni ser la agresión armada el único medio para lograr reparación ha quedado de manifiesto la brutal desproporcionalidad entre la gravedad de la inexistente causa y los males acarreados por la guerra. La guerra ha traído al menos la muerte de 1,600.000 iraquíes, tanto por las acciones de ocupación como por la proliferación de los brutales atentados protagonizados por fuerzas islamistas que a diario masacran las calles iraquíes. No ha bastado con la imposición de la ley islámica en una república en la que anteriormente a la ocupación se respetaba a los cristianos, formados especialmente por los católicos de rito caldeo. Más de 500.000 cristianos han abandonado Iraq acosados por la violencia sectaria de un fanatismo islámico hasta ahora desconocido. Más de 1.000 iglesias han sido destruidas y profanadas, mayoritariamente por combatientes yihadistas llegados desde fuera de Iraq (se han dado repetidos casos de mahometanos iraquíes defendiendo iglesias caldeas ante las turbas fanáticas) convertido en santuario de sus criminales acciones tras la ocupación. Asimismo su inmenso patrimonio arqueológico (fue entre el Tigris y el Éufrates dónde nacieron las primeras civilizaciones y la escritura) ha sido completamente devastado
Católicas de rito caldeo rezan ante la Catedral, parcialmente destruida, de Sayidat al-Nejat en Bagdag. En octubre de 2010     fueron asesinas sesenta personas (la mayoría mujeres y niños) en su interior.

Social y económicamente Iraq gozaba de una enorme prosperidad hoy totalmente perdida. En 1973, en plena crisis del petróleo, Iraq cedió miles de barriles a España gratuitamente. Actualmente sus recursos naturales están esquilmados y usurpados por agentes extranjeros. Iraq ocupaba antes de la invasión angloamericana el puesto 50 de 181 países en PIB per cápita. Hoy ocupa el puesto 134, sólo por encima de otros Estados fallidos asolados por pandemias, catástrofes naturales y guerras. Con la diferencia de que en esos Estados las guerras son endémicas (casi siempre por culpa del nefasto proceso de descolonización) mientras que Iraq sufrió una agresión extranjera unilateral y se ha convertido en Estado fallido por culpa de la misma.

No podemos dejar de comentar las vergonzantes imágenes de soldados españoles que han trascendido estos días a la opinión pública maltratando a prisioneros iraquíes. Pese a que las mismas han sido filtradas por el periódico El País con intenciones espúreas no podemos de dejar de reflexionar sobre el lamentable papel que nuestros Ejércitos han jugado en dicha guerra. Además de colaborar en una agresión injusta hemos perdido inútilmente en la misma a nueve soldados (junto a las cien bajas sufridas en la guerra de Afganistán, prólogo de la de Iraq mantenida por los gobiernos de todo color político) la unción a ejércitos tan dados a no respetar a los prisioneros de guerra como el británico y el estadounidense ha tenido que terminar de afectar a algunos de nuestros soldados. Un nuevo legado deshonroso para nuestros Ejércitos que sólo una historia sin apenas tacha puede atemperar.

En este mundo hipócrita se hace necesario más que nunca fortalecer criterios y entendimientos con las fuentes de la doctrina tradicional católica, custodia de los principios civilizadores de justicia frente a los disolventes planteamientos amorales del utilitarismo anglosajón.