martes, 28 de julio de 2009

Así habla la Monarquía




Con ocasión de la reciente fiesta de Santiago Apóstol recordamos un antiguo Manifiesto del Regente de la Comunión Tradicionalista en el que se realiza una denuncia providencial de los males que asolan a la Patria y la solución a los mismos.








MANIFIESTO DEL ABANDERADO DE LA COMUNIÓN TRADICIONALISTA A LOS CARLISTAS



En esta fecha sagrada que conmemora el día de Santiago, Patrón de España, y cuando nuestra Patria se ha dejado arrastrar nuevamente por la senda liberal de inspiración antihistórica, cumplo con mi deber al dirigirme a vosotros e invitaros a compartir unos momentos de seria reflexión sobre el presente y futuro de la Comunión Tradicionalista y de nuestra gran Patria española.
El Destino ha puesto en mis manos la bandera limpia e inmaculada de nuestra tradición. Fiel a esta bandera he de vivir en el cumplimiento de la alta misión de la que la Providencia me ha hecho depositario y con la firme promesa de que ningún interés o inclinación personal jamás me apartarán de esa entrega que a España y al Carlismo debo como representante y Abanderado de la Comunión Tradicionalista.
Resultaría innecesario que intentase por mi parte una definición personal de lo que es el Carlismo, sobre todo cuando me dirijo a vosotros, que tanto habéis arriesgado y a tanto habéis renunciado en su defensa y en la de España. Pero para salir al paso de los mal intencionados o de falsos rumores, permitidme que os invite a que juntos rememoremos los principios:
1.º La religión católica, apostólica y romana, amada y servida como lo fue tradicionalmente en España.
2.º La constitución natural y orgánica de la sociedad tradicional, que presupone la unidad inquebrantable de la Patria española, sin perjuicio de aquellos fueros que legítimamente correspondan a nuestras regiones.
3.º La monarquía tradicional, católica y responsable.
Estos son los principios fundamentales del Carlismo: Dios-Patria-Fueros-Rey, que inspiran y orientan toda evolución o innovación que surja en el campo social, político y económico y que pueda convenir a nuestros tiempos y a nuestra Patria, pero siempre que los mismos no vayan en modo alguno contra nuestra razón de ser como católicos, españoles y monárquicos.
Estos son también los principios del derecho público cristiano para la organización y gobierno de los pueblos; principios permanentes de los que soy depositario y custodio como Abanderado de la Comunión Carlista, misión que excedería el límite de mis fuerzas y capacidad, de no confiar en la ayuda de Dios, en el ejemplo de nuestros héroes y mártires, la lealtad de los carlistas y en el espíritu de ideal y entrega de tantos y tantos patriotas españoles.
Estos son, en resumen, los principios que deberán condicionar y encauzar la evolución natural de España, motivando su vitalidad y su capacidad creadora con sentido universal.
Por esas razones y por estos principios seguiremos recusando cualquier ideología liberal, dilapidadora de todas las energías contenidas en nuestra Patria y origen a lo largo de la historia, y de forma permanente, de las sangrías y sacrificios sufridos por tantas generaciones de españoles patriotas y católicos. También rechazaremos cualquier sistema político que se niegue a aceptar el tradicional derecho de representación y participación política de todos y cada uno de los españoles, dentro del marco que le corresponda, y según los fueros y libertades conforme a las muy legítimas leyes fundamentales de España, centinelas de nuestra salvaguardia nacional.
Por dichos principios seguiremos luchando abiertamente contra todo determinismo histórico, ateo y esterilizador, que siempre desemboca en una manipulación cada vez más opresiva para el pueblo y ejercida por minorías egoístas y mitómanas, provengan éstas de ciertas capillas de tipo liberal-capitalista y pseudo-progresista o de otras mucho más estructuradas a nivel ideológico y dialéctico, como son las que se reconocen de obediencia marxista.
Estos dos sistemas, por su propia esencia como por el inmovilismo y conservadurismo estrangulador y deshumanizado que practican, constituyen los enemigos más acérrimos y la antítesis más absoluta de una tradición española recogida por el Carlismo, que valora ante todo la libertad y la capacidad de decisión de cada español, según la escala de su peculiar responsabilidad.
Queremos una sociedad de emulación y no de revolución; una sociedad de libertad y no liberal; una sociedad de trabajadores y no de proletarios desamparados y marginados; una sociedad orgullosa de su forma de ser, de pensar y de evolucionar. No queremos una sociedad avergonzada de sus tradiciones, de su temple y carácter, de su propio criterio, por un afán de copiar costumbres de otros países para acabar fundiéndose y confundiéndose con la incalificable nebulosa compuesta por los fantasmas de otras naciones, las que, a su vez, por aceptar las condiciones y los dogmas impuestos por ciertas organizaciones y grupos de presión internacionales, han perdido su genio propio y una vida auténticamente soberana e independiente.
Desgraciado el que se ufanó de que España ya no era diferente: España al perder su alma perdería su vida.
Tenemos, pues, que defender la evolución natural de nuestro pueblo, prueba incontestable de vitalidad y fertilidad, manteniendo una repulsa absoluta a toda integración o invasión de conceptos socio-políticos totalmente ajenos a nuestras esencias hispánicas, que constituyen el fundamento de nuestra razón de ser y sin el respeto a las cuales resulta imposible nuestro desarrollo social, económico y político.
Así demostraremos nuestro sentido de responsabilidad no sólo para con nosotros sino para con los pueblos –ahora soberanos y hermanos– de los cuales España fue la madre Patria. Por ello, estamos obligados a mantener el sentir hispánico –integrado por una serie de conceptos trascendentes que son modelo de vitalidad y realismo político– y primordialmente nuestra referencia suprema a una fe religiosa que tuvimos el privilegio de transmitirles.
La gravedad de los males que afligen actualmente a España está a la vista. Son sus síntomas más alarmantes el ataque frontal a la unidad nacional, a la moral, a la familia, al Ejército, así como una suicida involución hacia el laicismo; todo ello inspirado en las consignas internacionales de la guerra psicológica y revolucionaria. Esa pretendida evolución en las instituciones de hoy ha originado, con imperdonable irresponsabilidad, los más funestos resultados que ya han alcanzado a toda la sociedad española.
Desde el baluarte de la Comunión Tradicionalista y contando con la ayuda de Dios hemos de conseguir el futuro que todos deseamos para nosotros, para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos.
Que Dios bendiga nuestra labor y salve a España.

Sixto Enrique de Borbón


En el día de Santiago Apóstol en Santander, 25 de julio de 1981.