domingo, 9 de diciembre de 2007

Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español 1939-1966

Dice el Diccionario de la Lengua Española, que "historiador es el que escribe historia" e historia es en su primera acepción, "la narración y exposición de acontecimientos pasados y dignos de memoria, sean públicos o privados". Yo añadiría, para completar estos conceptos, que la importancia de la obra histórica dependerá, independientemente de la veracidad de lo narrado, puesto que si no, no sería historia, de la importancia de los acontecimientos referidos y de la existencia del peligro de que estos se olviden. Desde estos conceptos hay que decir que Manuel de Santa Cruz, con su obra Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español 1939-1966, alcanza la más alta y auténtica dimensión de historiador, transmitiendo a las nuevas generaciones unos acontecimientos no sólo ciertos y dignos de memoria, sino además en peligro real de olvido. Continuación de la magna obra de Melchor Ferrer, Historia del Tradicionalismo Español, la obra de Manuel de Santa Cruz rescata del olvido la historia del Carlismo en la crucial etapa que abarca desde el año 1939 al año 1966. Sin conocer lo acontecido en estos años no se puede entender la situación actual del Carlismo y por ende se desconocería una parte fundamental de la historia de España.

José Antonio Gallego. Licenciado en Historia, diplomado en Heráldica y Vexilología Militar, premio Gustavo de Maeztu de la Fundación Hernando de Larramendi por su obra "El alzamiento carlista en Castilla la Vieja".


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sábado, 8 de diciembre de 2007

¿Golpe de Estado en Bolivia?

Los manifestantes contra Evo Morales enarbolan la Cruz de Borgoña, oficial del departamento boliviano de Chuquisaca.




El 6 de marzo del 2006 el presidente boliviano, Evo Morales, promulgaba una ley para elegir el 2 de julio los 255 miembros de una Asamblea Constituyente que debía redactar una nueva constitución. La Asamblea se constituyó el 6 de agosto y su labor debía de haber concluido en el mes de agosto de presente año, para haber sido sometida a referéndum.

Según la citada ley se requería de los 2/3 para la aprobación de los distintos artículos; lo que planteaba un serio problema para los partidarios de Evo, pues su partido sólo había logrado la elección de 137 asambleístas. Claro está que en el mes de septiembre varios partidos opositores abandonan la Constituyente ante la imposición del Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de Evo Morales, de cambiar el reglamento para que las decisiones se aprobasen por mayoría absoluta (128 votos) en vez de dos tercios (170).

Pese a todo en el mes de agosto del presente año, cuando la Asamblea Constituyente cumplía un año de vida, no se había aprobado ni una sola línea del texto constitucional. Esta circunstancia forzó a establecer una prórroga hasta el 14 de diciembre.

Pero en el mes de septiembre la presidenta de la Asamblea Constituyente, Silvia Lazarte (militante del MAS), anunciaba la decisión de suspender las sesiones plenarias por 30 días, hasta el 8 de octubre, debido a la convulsión social desatada en Sucre por la demanda de la capitalidad plena y la falta de condiciones de seguridad para los asambleístas.

Lo curioso del caso es que un mes antes el presidente Evo Morales había declarado a la BBC la posibilidad de clausurar definitivamente dicha asamblea. Para argumentar tal circunstancia proclamaba: "Si fracasa, si se cierra es justamente (por culpa de) esa gente que no quiere cambiar las normas profundas, no quiere una revolución democrática, pacífica y cultural, además de eso, no quiere perder sus privilegios".

Todo indicaba que Evo Morales y su camarilla preparaban un golpe de timón para aprobar definitivamente la constitución que ellos querían, dejando de lado todos esos principios que en las cátedras de Derecho Constitucional y Ciencia Política no se cansan de predicar en relación al diálogo y al consenso.

De esta forma el pasado 22 de noviembre algunos miembros de la Asamblea Constituyente se instalaron en un cuartel en las afueras de Sucre: 145 miembros del oficialismo y sus aliados, sin la presencia de la oposición. Dos días después, acuartelados en el liceo militar Teniente Edmundo Andrade, y resguardados por los fusiles y las bayonetas, los allí reunidos, tras la lectura del índice, y sin mayores detalles del texto, aprobaban a mano alzada --al más puro estilo estalinista-- el proyecto de nueva Constitución por 136 votos de los 138 constituyentes presentes.

En la sesión participaron los miembros del Movimiento Al Socialismo (MAS), Alianza Social (AS), Alianza Social Patriótica (ASP), Movimiento Originario Popular (MOP), Movimiento Ciudadano San Felipe de Austria (MCSFA), Movimiento Bolivia Libre (MBL); Concertación Nacional (CN), Emilio Gutiérrez, disidente de Unidad Nacional (UN) y los disidentes de PODEMOS Lindo Fernández, Ramiro Ucharico (La Paz) y Abel Janco (Pando).
La reacción no se hizo esperar y la ciudadanía se echó a la calle para protestar por lo que constituye todo un atropello; los disturbios se han saldado con dos manifestantes muertos, un policía linchado y 130 heridos. Los prefecturas y comités cívicos de Santa Cruz, Tarija, Beni, Pando y Cochabamba se han declarado en estado de emergencia tras la aprobación "golpista" de la nueva constitución y los violentos incidentes del fin de semana; lo que sin duda contribuirá a aumentar el clima de tensión política que se vive en el país.

La constitución tiene 408 artículos (la que sigue vigente tiene 234); ocho capítulos; reconoce las autonomías departamentales, regionales e indígenas, e introduce el concepto de Estado unitario plurinacional comunitario y laico, el sistema legislativo unicameral (Evo no controla el Senado) y la reelección indefinida del Presidente de la República.

Evo, siguiendo los pasos de su amigo, y protector, Hugo Chávez, no sólo ha pisoteado los más elementales principios del democratismo liberal, sino que se encamina a encaramarse al poder e implantar su particular modelo dictatorial, tanto en lo personal, procurando permanecer en el poder el máximo de tiempo posible, como en lo general, pisoteando toda opción, y opinión, política que discrepe del nuevo aspirante a dictador.

José Díaz Nieva.



El autor de este artículo es doctor en Derecho y profesor universatario, así como vicepresidente del Círculo Antonio Molle Lazo. Es un gran conocedor de la historia y la actualidad hispanoamericana, a la que tiene dedicados varios libros y cientos de artículos, así como conferencias. En los últimos años ha intervenido especialmente sobre la actual situación en Bolivia. Ha vivido de cerca los últimos acontecimientos del intento revolucionario de Evo Morales, visitando la ciudad de Nuestra Señora de La Paz en agosto de 2006 para dictar varias conferencias, donde fue testigo de la apertura de la llamada Asamblea Constituyente, encargada de realizar el nuevo texto constitucional por el que tanta sangre se está derramando.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Iglesia y liberalismo ante el magisterio pontificio

Iglesia y Liberalismo
ANTE EL MAGISTERIO PONTIFICIO
El Santo Padre Benedicto XVI felizmente reinante, ha dicho que su reciente libro, “Jesús de Nazaret”, no es un acto de magisterio. Así evitará los escrúpulos que pudiera generar la lectura de alguna de sus páginas.
La precisión de a cuánto y cómo obligan, o no, las variadas clases de palabras de un Papa, es cuestión que aflora de vez en cuando, y que conviene tener bien sabida de antemano. Yo la viví en tiempos del Concilio Vaticano II, y antes, en mi adolescencia, la aprendí de los carlistas viejos que habían conocido el pontificado de León XIII. Tal vez me toque en mi vejez otro episodio a juego con los citados, como a los católicos franceses con las palabras de Juan Pablo II, en enero de 2003 (Véase SP de 01.04.2005), invitándoles a aceptar el laicismo imperante.
Empecemos por León XIII.- Vencidos los carlistas en el ámbito militar en la guerra de 1872-1876, los políticos victoriosos, Cánovas, Sagasta, Canalejas, etc…, pensaron que la “Restauración” política en que se afanaban quedaría fortalecida con un apoyo pontificio. Sus dedos largos montaron para ello una “peregrinación católica” a Roma, que resultó estar engrosada por carlistas. León XIII, les dijo el 18 de abril de 1884. “…es, además deber suyo (de los católicos españoles) sujetarse respetuosamente a los poderes constituidos, y esto se lo pedimos con tanta más razón cuanto que se encuentra a la cabeza de vuestra noble nación una reina ilustre (la reina regente, Doña María Cristina de Habsburgo) cuya piedad y devoción a la Iglesia, habéis podido admirar”(1). Se quedaron helados.
Aquellas palabras generaron una tormenta política tremenda que duró muchos años. Los impíos saltaban de alegría y recriminaban en las Cortes a los carlistas, tan católicos, de no plegarse a las indicaciones del Papa. Era una paradoja risible. Los católicos adoptaron tres actitudes: Unos hacían una interpretación de las palabras del Papa sumisa y de largo alcance. Otros, hacían interpretaciones muy ceñidas y estrictas. El Sr. Polo y Peyrolon, delegado en España del Rey Don Carlos VII en el exilio, se dirigió individualmente a todos y a cada uno de los obispos españoles pidiéndoles más luz y veintiocho le contestaron algo así como que no hiciera caso; claro está que con una respetuosísima retórica frondosa y oscura. Así que los carlistas dijeron que ellos no interpretaban nada y que seguían donde estaban. Sus descendientes carnales y espirituales salvaron a la iglesia el 18 de Julio de 1936.
Llegó el Concilio Vaticano II y a mí me tocó la triste gracia de revivir la paradoja risible citada, con mis compañeros de trabajo. Eran impíos y adúlteros públicos y a mí me recriminaban cierta frialdad ante la libertad religiosa, que a ellos, y a todos los rojos y libertinos, les encantaba. Varios carlistas comprendimos que había que aclarar el magisterio pontificio en general y pedimos, -imitando a Polo y Peyrolon-, un dictamen concreto al prestigioso jesuita Eustaquio Guerrero.
Ese dictamen(2) decía, en resumen, que el magisterio pontificio se divide en infalible y ordinario. Que el infalible obliga a todos en todo, siempre y en todo lugar. Y que el ordinario, generalmente, también. Pero que el ordinario se diferencia del infalible en que en algunos casos, se puede disentir de él, después de madura y prolongado estudio y sin escándalo. No se puede disentir del magisterio ordinario sin razones de peso, ni frívolamente, con caprichos, ocurrencias y bromas.
A estudiar, pues, a la vista de los acontecimientos políticos con carga religiosa que se avecinan. A estudiar el enfrentamiento de la Iglesia con el liberalismo o Derecho Nuevo nacido de la Revolución francesa. Para que si llegara el caso -no le permita Dios-, pudiéramos imitar la táctica del famoso Padre Corbató, que respondió a la interpretación laxa de las palabras de León XIII con una antología de condenaciones pontificias de las libertades de perdición del Liberalismo.
Ojala que llegaran al Santo Padre nuestras súplicas de que nos libre de tormentas ideológicas y políticas dolorosas y estériles, renovando para ello e inequívocamente aquellas condenaciones.

Manuel de SANTA CRUZ

(1) Historia General de España y América. Ediciones RIALP, Tomo XVI-2, pág. 373.- El P. Corbató, con el seudónimo de Máximo Filibero, en su obra “León XIII, los carlistas y la Monarquía Liberal”, da un texto con una ligerísima variante que no afecta a la cuestión.
(2) Jefatura del Requeté de Granada. También se alude a este asunto en “Apuntes y Documentos para la Historia del Tradicionalismo Español, 1.939-1.966”, Tomo XXVII, pág. 112 y ss.
Tomado de Siempre P´alante, quincenal navarro católico. www.siemprepalante.es

martes, 17 de julio de 2007

El motu proprio sobre la misa tradicional


FARO, antes de reseñar el Motu proprio «Summorum Pontificum», publicado por el Santo Padre el pasado día 7 de julio, ha querido dejar pasar unos días al objeto, no sólo de considerarlo atentamente en su texto, sino también de observar con el mayor interés las reacciones frente al mismo. Al final hemos optado por publicar el siguiente texto que nos ha hecho llegar nuestro colaborador M. Anaut.

El motu proprio sobre la misa tradicional


Que su llegada ha sido menos espectacular de lo esperado, es una primera observación. Probablemente, la prudencia del Papa, del que se conocía desde antes de acceder al solio pontificio su aprecio por la misa tradicional, que también había hecho saber su intención —ahora convertida en norma— desde hace meses, y luego ha dosificado los tiempos pacientemente, haya podido contribuir a la recepción serena del mismo por los sectores que cabía prever serían contrarios. Entre éstos, y hasta donde llega nuestra información, ha llamado la atención la escasez de los testimonios frontalmente críticos. Un liturgista, aquí, o un obispo, allá, que (consternados, aunque protestando obediencia: es decir los métodos permanentes del modernismo) han indicado hasta qué punto no sea echar tierra sobre la intención de la reforma litúrgica salida (lo que es discutible, pero así lo dicen ellos) del Concilio. Más frecuentes han sido los sibilinos procedentes de los sectores moderados o biempensantes, que han centrado sus comentarios en la normalidad de la medida, al tiempo que han procurado reducir su significación a poco más de un fenómeno marginal. Como si, en primer lugar, la acción de las jerarquías eclesiásticas (superiores, abades, obispos e incluso los papas Pablo VI y Juan Pablo II) durante estos cerca de cuarenta años no hubiese sido la opuesta. Así que, bienvenida la normalidad, ahora sí, estrenada. Y, en segundo lugar, por supuesto, como si relacionar la medida con la situación de la Hermandad de San Pío X fuera una burda manipulación de los anticatólicos.

De parte de las asociaciones y los fieles ligados a esa liturgia tradicional, la actitud tampoco ha sido unívoca. Pues ha oscilado entre quienes han celebrado la llegada del documento romano como un milagro, es decir con gratitud, y quienes lo han acogido con todas las cautelas, precauciones y, si se me apura, prevenciones. Comprendemos bien la actitud de los segundos. Muchos años de una enseñanza equívoca, que fuerza al intérprete a mil y un malabarismos que, al final, devalúan el magisterio no sólo en lo doctrinal, sino también sobre todo en lo pastoral, y de un comportamiento por lo frecuente o cínico o despiadado, cuando no ambas cosas, han concluido por generar una actitud de despego y de recelo hacia lo que llega de las mitras y de la misma tiara. Ahora bien, no por comprensible es justificable tal actitud. Aunque no es que, tampoco, ay, las ambigüedades hayan desaparecido.

Con todo, y no hemos tenido nunca empacho en ejercer una crítica constructiva y respetuosa al tiempo que contundente, en defensa legítima de la fe de la Iglesia y del acto de fe personal, nos alineamos en esta ocasión con quienes han recibido el motu proprio como el milagro no por deseado menos inesperado, e incluso no por esperado en los últimos meses en el fondo menos increíble. La razón radica en el «núcleo» del mismo, del que no debe distraernos ni el «halo» que lo integra, ni menos aún la «periferia» de la carta a los obispos que lo acompaña. Y el núcleo viene constituido por una afirmación capital: el Misal promulgado por San Pío V y reeditado en 1962 por el Beato Juan XXIII jamás ha sido abrogado jurídicamente, por lo que siempre ha estado permitido.

Las consecuencias que derivan de la misma son enormes. En primer término, que estamos en presencia de un documento declarativo, no constitutivo. Su Santidad el Papa Benedicto XVI no concede un derecho nuevo, sino que reconoce una situación de hecho de la que derivan una serie de derechos. ¿Se dan cuenta de lo que esto, simplemente, implica? Pues que el proceder de los obispos e incluso de los papas últimos, en este punto, ha sido erróneo. Así como que quienes se aferraron a la liturgia tradicional, con razones que nunca fueron escuchadas sino, a partir de un cierto momento, a lo más toleradas, no eran desobedientes. La primera condena sufrida por el arzobispo Marcel Lefebvre, en 1976, suspensión a divinis, lo fue por celebrar la misa de siempre en Lille. Condena, ahora podemos decirlo, salvaje, que está en el origen del tristísimo contencioso que llega hasta nuestros días, que desde luego no lleva necesariamente a concluir que sea aceptable su proceder posterior, en 1988, de consagrar obispos sin mandato, más aún contra la expresa prohibición, de la Santa Sede. Pero que lleva, por lo menos, a mirar con caritativa benevolencia y racional comprensión el gesto de quien había sido condenado injustamente, ahora lo sabemos, por sostener que el misal de San Pío V nunca había sido abrogado. Lo que, solemnemente, afirma Su Santidad el Papa Benedicto XVI. Pero es que, en segundo lugar, a cuenta de esa naturaleza declarativa debe también concluirse que la afirmación histórica en que se basa no puede ser cambiada por otro pontífice, como la realidad no puede serlo, al tiempo que genera unos derechos adquiridos cuyo desconocimiento sería contrario a la ley divina y natural. Derecho adquirido, reconocido por el Sumo Pontífice, y que no es, por lo tanto, un mero indulto.

Todo lo demás es accesorio: el ejercicio del derecho, como el de todo derecho, debe ser sujeto a regulación, ésta sí deudora de las circunstancias y sujeta a eventuales cambios. Examinar esta regulación no nos interesa ahora. En todo caso, parece encaminada a evitar las dificultades surgidas precedentemente de la oposición frontal o taimada de muchos obispos. Y que será difícil desaparezcan totalmente. Pero no sería tampoco conveniente, ni quizá dable, en un recto orden, prescindir de los mismos. Ahora, además de distinguir entre las casas de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica, parroquias y otros oratorios, con reglas distintas, lo que es prudente, facilita y multiplica las vías para acceder al Misal de 1962 por parte de los fieles que lo deseen. La clarificación jurídica operada por el documento, además, debe dar lugar a un nuevo «contexto», con sus exigencias interpretativas. Dejemos aquí las cosas. El Papa tiene una noble preocupación por la liturgia, una liturgia que la aplicación del Misal de 1970, a falta de un texto conciliar en que ampararse, a partir de una intención de ruptura clara y de una praxis progresivamente deletérea ha llevado a la «devastación» litúrgica —el término es del a la sazón Cardenal Ratzinger— presente. Haremos bien en ser cautos y generosos en la victoria. El combate es largo. Queda mucho camino por recorrer. Si los sacerdotes y los fieles no se interesan, el impacto será pequeño. Quizá no pueda ser de otra manera en un primer momento. Aunque quizá también a medio plazo el impacto psicológico, incluso sobre la Misa de 1970, será benéfico y profundo. Esperemos que dentro de unos decenios llegue el momento en que sean precisas disposiciones que regulen, con comprensión y generosidad, la celebración extraordinaria según el Misal de 1970 para los fieles que por su vinculación al mismo lo deseen.


© 2007 Agencia FARO
Servicio de Prensa y Documentación de la Comunión Tradicionalista
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